El Perito

IV.

– Ya está aquí, ya está aquí, jeje. Ya está aquí.

– Sí, espera, que ya llego.

La voz de hombre mayor se oía desde la carretera mientras estaba mirando patidifuso hacia la sombra. Hay que decir que no tenía rostro, no tenía ni siquiera rasgos corporales. Pero sabía que era alguien. Eso sin lugar a dudas. Mi corazón iba a estallar de los nervios, de la sensibilidad que se me iba a estallar por los oídos.

Enseguida dejé a la señora y me dirigí corriendo hacia fuera. Se puede decir que me puse en dos zancadas, y eso que no soy muy alto que digamos. Atravesando la puerta del garaje casi tropiezo con el hermano, que había cruzado la carretera y tenía un gran manojo de llaves en su mano derecha. Le miré como un niño que se ha encontrado algo horrible y se lo viene a decir a su madre.

– ¡Me dice que aquí no hay nadie, pero le digo que hay una sombra allí mismo!

El hombre se me quedó mirando con cara de circunstancias. No sabía si lo sabía o es que estaba examinando mis palabras. Los dos segundos en que nos miramos, si es que hubo dos, fueron una eternidad. Finalmente, volvió a su cara de antes, movió las llaves y me indicó:

– ¿Cómo se llama usted?

– ¿Cómo que cómo me llamo? ¿No está entendiendo lo que le estoy diciendo?

– No, ya, ya… pero…

Cogí al hombro del brazo. Hay que decir que, aunque mayor, le noté bastante fuerza como para una persona de su edad, o lo que pensaba que era su edad. Lo supe por que, aunque no forcejeó, sí noté sus músculos tensos, demostrando cierta resistencia a mis acciones. Cuando llegué, me ocurrió lo mismo que antes, la sombra había desaparecido, pero había ocurrido algo peor. Y es que la hermana se había caído al suelo, quizás por que le costaba una barbaridad mantenerse en equilibrio, y resultaba que se había abierto una pequeña brecha en una parte de la frente. Me quedé estupefacto y me bloqueó los gemidos débiles de la anciana.

– ¿Pero qué coño es esto? Miré lo que ha hecho.

– Es que… es que… ¡Había una persona, no sé, algo ahí dentro! ¡Lo sé, lo vi antes!

– ¿Cuándo antes?, dijo enfadado el viejo.

– Antes, joder, cuando estaba en frente de la farmacia.

El anciano ayudó como pudo a incorporar a su hermana, que seguía con su letanía por el golpe en la cabeza. El viejo sacó un pañuelo de esos que usan los mayores para sonarse la nariz y lo puso encima de la herida, lo que provocó un leve gemido de la señora que me puso la piel de gallina.

– ¿En frente de la farmacia? ¿Está usted loco? ¡Mire esto! ¡Mi pobre hermana se ha herido!

– Ehh… lo siento bastante… Mis disculpas. 

El terror se había apoderado de mí.

– Mire… Lo siento… hable con otro perito que le solucione lo de…

– ¿Cómo dice usted? ¡Lo que voy a llamar al seguro por todo este estropicio! ¡De todos los trabajadores me mandan al más loco! ¡Encima ha descuidado a mi hermana, la ha dejado sola! Eso lo voy a decir en el seguro, se lo prometo… se lo…

El señor se volvió para atender mejor a su hermana. Y se empezaron a dirigir hacia la casa. En mi caso, seguí bloqueado por un momento para caminar hacia la puerta grande. Llegué hacia la mitad de la carretera y miré hacia atrás. Ya era de noche y mi horario había acabado casi media hora después de lo que me correspondía. Giré varias veces hacia el coche y luego hacia la casa sin pensar en nada. Estaba dividido. Parecía surrealista lo que estaba pasando. Al final me dije, “total, es solo un puto cuarto de hora mirando humedades. Lo miro, le hago fotos, que me firme el formulario y ya lo relleno en mi casa, joder”.

Me dirigí de nuevo hacia la casa. Ni siquiera miré hacia los ventanales cuando entré. Los dos ya habían entrado en la casa y habían encendido una luz. Caminé inquitamente hacia la puerta de la casa y toqué con fuerza. Por suerte se encontraba el señor recostando a la anciana en un sillón que tenía más polvo que recuerdos, si caben.

– ¿Qué quiere ahora?

– Mire,… me disculpo de nuevo… me porté… en fin…

El viejo me miraba como quien regaña a un niño revoltoso.

– Vale, espere un momento, que le voy a poner agua oxigenada a la herida de Amanda. No se mueva.

Me quedé allí esperando, aunque de manera inquiera. La señora tenía los ojos cerrados y su boca parecía recordar el golpe que se dio minutos atrás. Mientras el hombre iba a coger las cosas de la cocina, que conectaba abiertamente con el salón, me dio tiempo para observar la planta baja. No cabía duda de que era una casa para toda la vida. Incluso estaba bien construida. O, mejor dicho, bien diseñada; de esas casas que aprovechan cada rincón y cada espacio. Eso sí, el polvo y la entrada de la tierra visviqueña se había encargado de envejecerlo todo. Hasta el suelo rústico de la casa se había relleno de mugre y vacío, dándole a los colores de las cosas una sensación gris. También, para qué engañarme, mire a las ventanas y a todo tipo de reflejos.

Esta vez no había nada.

El viejo volvió y le puso un paño empapado de agua oxigenada. Con esto, cogió la mano de la vieja y la colocó sobre el paño para que lo mantuviera; le indicó que lo dejara un minuto así. Por último, se dirigió hacia mí pero esta vez con unas facciones más serias.

– Lo siento de veras… sinceramente…

– Nada, nada, vamos para arriba a ver esas humedades.

El anciano señaló al fondo del salón en el que había una escalera de mampostería, recubierto de mármol rosáseo. Seguidamente, se dirigió hacia allí y yo fui tras de él.

– Lo cierto es que, aparte de las humedades, el techo tiene también otros daños. No sé si el seguro los cubrirá.

– ¿Hace mucho que está con nosotros?

– ¡Qué va! Un par de meses. Desde que pagué el segundo trimestre, les llamé para que me arreglaran todo esto.

Si no quería una queja del viejo, estaba claro que tenía que rellenar un formulario tal que éste estuviera bastante contento, por lo que saqué mi móvil del bolsillo para sacar fotos hasta en el carnét de indentidad.

– Bueno, ¿por dónde quiere empezar?

– Pues mire, los daños más graves se encuentran en los cuartos que tiene claraboya, que son dos, pero me gustaría que le echase primero un vistazo a la alcoba.

La escalera te llevaba a un pasillo contiguo repleto de cuadros y fotos: cuadros de arte comprados en no sé qué tiendas. más fotos del pasado. Quizás estuviera los dos ancianos retratados, pero eran tan antiguas y tan llenas de polvo que ni me molesté en adivinar sus personajes. Además, ya estaba concentrado en mi trabajo. El pasillo nos llevó, de las cinco habitaciones, a la que se supone que se encontraba justo por encima de la cocina, concretamente la que se encontraba a la derecha del salón. Cosa infrecuente, el anciando abrió la puerta con una de las llaves que tenía; al hacerlo, un olor a humedad, moho, polvo y ropa vieja me inundó todos los sentidos.

– Que sepa que es malo tener los cuartos cerrados… La humedad se hace con la casa…

– Ya, ya… es la manía mía de cerrarlas.

– En fin…

Entramos y enseguida me localicé en la casa. Estaba justo en el cuarto donde el ventanal de la derecha. Justo donde había visto… aquello.

– Mire arriba, ahí están las humedades.

Cada esquina que pegaba con el techo estaba completamente oscura. Era el agua friltrada desde arriba, que se había encargado de oscurecer esa parte de la pared y enmohecerla. Cogí la cámara y empecé a sacar fotos con flash. Mientras las disparaba, me acerqué a la cómoda y vi una gran cantidad de marcos con fotos familiares. Para sacar en otra esquina, me acerqué y pegué una pasada con mi vista hacia la cómoda.

Ahí sí que reconocí a los ancianos. De hecho, me sorprendió ver a la vieja, siendo relativamente más joven. No me había equivocado en lo que anteriormente había sido guapa. En eso que veo una foto que me dejó perplejo. Una vez más estaba ella, radiante, sonriente, sin amargura. Al lado estaba un chico, mucho más alto que ella e incluso que yo. Se notaba que tenían rasgos familiares: los ojos azules y la boca. Incluso la misma sonrisa. Pero reparé en algo más: era extremadamente delgado, tan delgado como…

– Sí, esa es mi hermana. Y ese fue mi sobrino.

Con estas palabras, los dos nos quedamos hablando con la mirada.

 

El Perito

III.

Llegó el hombre finalmente a la zona de la farmacia, cosa que no me percaté ya que estaba mirando fijamente al ventanal. La sombra seguía allí, fija, con la misma silueta de antes. De repente oír el sonido del claxon que provenía del coche, que llevaba ya medio minuto espectante. Miré hacia el coche con la misma cara de horror con el que miré la sombra; el hombre me hacía gesto de que me bajara mientras se desabrochaba el cinturón de seguridad y se disponía a bajarse del coche. Yo hice lo mismo.

– Hola, ¿es usted el perito?, me preguntó desde lo lejos.

– Sí… ¿De seguro que no hay nadie en casa?

– De seguro; esta es de las casas más seguras del barrio, se lo digo yo.

– Pero si…

Miré hacia el ventana y la imagen había desaparecido. Me quedé patidifuso, mirando a todos los ventanales y escudriñando los reflejos de los ventanales, esos reflejos las casas colindantes y los árboles dibujaban en el cristal. No había nada.

– Suele pasar, a veces en los ventanales se dibujan figuras raras, ya sabe…

– Sí, sí, ya veo…

– Bueno, voy a abrir la puerta, mientras mete el coche, voy bajando a mi hermana que la pobre está muy mayor.

El hombre se sacó del bolsillo una especie de mando y, al apretarlo, se fue abriendo la puerta del garaje de manera corrediza. Yo me metí en el coche. No sabía qué pensar, si me la había jugado el reflejo del cristal y la oscuridad ya expandida en todo su anochecer o qué. Encendí el motor y me disponía a entrar cuando el señor bajó una señora bastante entrada en años, con la cara bastante arrugada, con los ojos azules pequeños y tristes además de una boca convexa que invitaba al desánimo. 

Entré el coche en el patio, totalmente cubierto de cemento…

Alfredo miró hacia la ventana de su piso, recordando que estaba hablando con su esposa, si es que lo escuchaba.

Mmm… ya sabes que con una pasada, ya sé qué cuidados se hacen o no se hacen a una vivienda. Yo creo que la casa que tenía en frente de mí era de estas que ya hace tiempo que certificó su jubilación. Me pareció que sí, que ahí ya no vivía nadie. El patio, que más bien parecía un porche por la gran terraza que tenía justo en la entrada de la casa, tenía mucha falta de pintar: grietas, paredes desconchadas, la madera deshecha… Mucho descuido. A saber cómo estaría el tejado con las lluvias que cayeron hace poco.

Me bajé del coche y miré hacia la puerta. El hombre estaba cruzando poco a poco a la vieja a la que acompañaba. Escudriñé nuevamente la casa de lado a lado. Abajo tenía unos ventanales también grandes pero no tanto como los de la segunda planta. Su interior estaba oculto por unas cortinas de la época de María Castaña y se notaba que estaban desteñidas por el sol.

– Mi madre…

– ¿Perdón?, dijo el hombre desde lejos.

– Nada, nada… ¿Suelen venir aquí a menudo?

– Bueno… siempre que podemos… Uno está mayor, me cuesta cada vez más conducir y tengo que cuidar de mi hermana, que se echó para atrás desde… bueno… Desde hace años.

– Ya… ¿Y esta casa está asegurada?

– Por supuesto, caballero; esto es Visvique. ¿No siente la humedad que le entra por los poros? Todas las casas del lugar lo están.

– Ahmmm, si me permite el comentario, creo que la casa debería cuidarse un poco más. Es que la humedad…

– La humedad puede hasta con el alma de uno, ya lo sé. Pero es que somos dos y estamos tan viejos.

El hombre me miró con resignación. Me invadió una mezcla de indignación pero también de resignación. Pensé que ya podrían haber contratado a un pintor o a alguien que sepa albañilería. Ya que podían pagar un seguro de hogar…

– Bueno, voy a abrir la puerta.

El señor se metió la mano en el bolsillo, luego se metió la mano en la otra y finalmente sacó la primera y se palpó el bolsillo que se encontraba en la camisa de botones.

– Yas, coño. Se me quedó la llave en el coche. Espero un momento que voy a buscarlo. Quédese con mi hermana que ahora vengo.

– No se preocupe.

El hombre salió nuevamente por la puerta del garaje. Yo me quedé al lado de la señora, mientras seguía mirándolo todo por lupa. No cabe duda que esta era de una de esas casas en las que una pareja hace planes para toda la vida. Un caserón, no cabía duda. No comprendía cómo no la había vendido, si ya vivían abajo…

– Ya está, exclamó la señora de repente con una voz tan clara como el agua.

Miré hacia la puerta grande.

– No veo a su hermano.

– No, mi hijo. Nos está esperando, jeje. Mire para allá.

Giré la cabeza rápidamente. Cuando vi de nuevo la silueta de la sombra en uno de los ventanales de la primera planta, pensé que mi corazón se había escapado cuesta abajo, hasta llegar a Arucas.

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El perito

II.

Antes de proseguir, Alfredo se quedó mirando al vacío; casi sin respirar. De repente, comenzó a hablarle a su mujer, que seguía mirando languidamente el televisor sin inmutarse.

Antes de llegar a una rotonda con las letras de Arucas en grande y en piedra azul, el coche subió dos cuestas bastante pronunciadas. El paisaje era precioso, ya que se intensificaba los colores verdes de los campos de plataneras, el azul del mar y el amarillo del atardecer. Eso sí, yo estaba en lo mío. Quizás me estaba quejando del trabajo, quizás del coche, que hacía un ruido infernal, o quizás de… bueno, llegué a la rotonda, la bordeé y entre en otra carretera.

A mi derecha se veía una panorámica de Arucas: todo un conjunto desigual de casas que recorrían y rodeaban la montaña. En el centro se encontraba la iglesia. Miré un tanto de reojo para recrearme la vista hasta que terminé mirando a la izquierda. Si Arucas era espectacular, también lo era ese conjunto de casas que se encontraban entre dos grandes montes; parecía que ese valle, si es que lo era, en vez de tener un río en su interior, estuviera echando urbanizaciones, casas terreras, edificaciones grandes, pequeñas, de todo.

Antes de llegar a la segunda rotonda, me detuve en el arcén de la carretera y ojeé el gps. Sin ninguna duda, Visvique formaba el primer grupo de casas que conformaba ese gran río de cemento y bloque. Con esto, bordeé la rotonda y salí por la parte que llegaba a ese barrio.

Aunque ya anochecía y la luz del día era demasiado tenue, el kilómetro de carretera para meterme entre esos dos montes me permitió ver cómo me introducía en el pueblo. Visvique es de esos pueblos que se desarrollan a lo largo de la carretera, pero no como la vemos en películas. Aquí el tema del pelotazo inmmobiliario se ha encargado de construir todo aquello imaginable con un arquitecto: desde chaléts hasta dúplex, combinándose con las casas terreras de toda la vida, que se juntan en muchas ocasiones unas con otras. De la misma manera, se había creado una gran multitud de callejuelas que llevaban a no sé a dónde. Por la calidad de las construcciones, ya se puede ver que el nivel de vida puede ser medio alto e incluso muy alto, así que me esperaba que el sitio dónde tenía que revisar esa avería tuviera que ser una buena casa. 

Seguí carretera arriba, y aunque gozaba del espectáculo, tuve que mirar de nuevo el gps. Todavía que me quedaba un poco, así que me quedaba un poco. Finalmente llegué a la farmacia del pueblo, por supuesto, en la carretera general. La casa se encontraba en frente de mí, una casa terrera con un muro que no permitía que se viera sino la segunda planta, con sus grandes ventanas y sus cortinajes. Entre los dos muros, una puerta de garaje daba a lo que supuse como un gran patio. 

De repente, en uno de los tres ventanales, la cortina dejó entrever una sombra. Mis ojos enseguida la detectaron a reojo y la miré fijamente intentando adivinar la forma. Por supuesto, era humana, incluso podía adivinar sus brazos y la forma de su cabeza. No obstante, parecía como esta fuese extremadamente degada. Enseguida cogí el móvil y me puse a llamar, pues pensé que era el dueño que me había visto. 

– ¿Quién es?, respondió una voz de señor mayor.

– Buenas tardes, digo, buenas noches. Soy el perito, creo que estoy en frente de su casa.

– Ah, sí, qué rápido. Espere un minuto que estoy llegando con el coche.

– Ah, ok. De todas maneras, si hay alguien dentro, ya pueden abrir para ir adelantando.

– No, no, no hay nadie dentro. No se preocupe que llego en un momento.

Cuando colgué el teléfono, un escalofrío me recorrió desde la espalda hasta la coronilla. Ni siquiera me dio por mirar de nuevo al ventanal. Quizás fuera una forma ilusoria, pensaba. Poco a poco me iba llenando de valor y de excusas para levantar la cara.

La sombra ya no se proyectaba desde ese ventanal; se encontraba en el de al lado.

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El perito

I.

Esta mañana me llamaron de la central. Al parecer, una casa había sufrido humedades serias por las lluvias aquellas de hace dos semanas. Me llamaron sabiendo que iba a inspeccionarlo. Ya había terminado. No tenía por qué ir si había terminado mi turno. Que le toque a otro. A veces lo pienso, con lo que nos pagan las horas extras…

Alfredo, que solía dedicarle muchas horas de la empresa, regresó a su casa más pronto que lo esperable, con la mirada latente, pensativo y escudriñando los recodos perdidos que se encontraban en su mente. Su mujer, que estaba delante de la caja tonta en el salón, lo miró con normalidad durante uno o dos segundos, no fuera a perderse el programa que estaba echando en aquellos momentos. Ni siquiera se fijó en el reloj del mueble en el que se encuentra el mismo televisor.

Alfredo, casi como si fuera un robot, dejó las llaves en la zapatera y se adentró en el piso. Con esto, puso su cartera en el suelo y se cambió regularmente, dejando en una silla preparada para tal fin su ropa de trabajo. Se adentró aún más: la cocina. Abrió la nevera y se quedó diez minutos observando cómo las gotas de agua caía en el fondo del electrodoméstico. Cualquiera diría que estaba escriñando la teoría de la gravedad. Finalmente se limpió la mirada y sacó un botellín de cerveza. La abrió con parsimonia, le dio un trago por mera diplomacia y salió hacia el salón.

– Hola cariño, dijo sin pensar tras sentarse en el sofá.

– Nada, aquí estoy, ¿qué tal el día?

Mientras Alfredo intentaba sacar de su aljibe las palabras con la que poder explicar algo, su mujer ni siquiera lo miraba. Es cierto que gesticulaba si somos capaces de ver sus facciones rápidamente. Por lo demás, seguía manteniendo una comunicación muy fluida con el programa de televisión. No obstante, a él no le importaba lo más mínimo. Lo único que esperaba era un empuje, una apertura, una pregunta:

¿Qué tal el día?

Pero bueno, después de estar mirando pisos, roturas de tuberías, picadas de tinas y vasijas que funcionan a plazos, me decidí irme al campo para poder despejarme un poco… ya sabes… la ciudad.

Me dijeron que la casa estaba en un barrio de Arucas que se llama Visvique. Ese sitio no lo conozco muy bien. Siempre le había tocado a otro ir a ese sitio, mientras que a mí siempre me han dado la mierda: que si discursiones, que si problemas legales, que si historias… Quizás por pensar eso cogí el coche de la empresa. Sí, ya me da igual si la chatarra esta tiene problemas con la centralita. Paso de coger mi coche y gastar mi gasolina para taparle los problemas a la gente.

“En fin, que me largué para allí y…”

Alfredo paró un momento y observó a su pareja. Seguía mirando la televisión.

 

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De vuelta a El Machadiano

Hola; después de mucho tiempo, he decidido volver al espacio. El cambio a WordPress no me gustó mucho, y eso me desmoralizó un poco. No obstante, volveré a publicar por aquí.

Un saludo a todos.
Pablo.

Pasajes en “El retraro de Dorian Gray”

Hola; hace tiempo que no escribo en este blog. Después de ver la película El retrato de Dorian Gray y disfrutar del personaje de Lord Henry, me vino a la idea de coger las frases que había subrayado en el libro cuando lo leí hace años. Espero que disfruten:

– En el mundo sólo hay algo peor que ser la persona de la que se habla y es ser alguien de quien no se habla.

– La belleza, la belleza auténtica, termina donde empieza el aire intelectual.

– Es mucho mejor no ser diferente de la mayoría.

– Basta esconder la cosa más corriente para hacerla deliciosa.

– El único encanto del matrimonio es que exige de ambas partes practicar asiduamente el engaño.

– Todo retrato que se pinta con corazón es un retrato del artista, no de la persona que posa.

– Conciencia y cobardía son en realidad lo mismo, sólo que la conciencia es la marca registrada de la empresa.

– La risa no es un mal principio para una amistad y, desde luego, la mejor manera para terminarla.

– Elijo a mis amigos por su apostura, a mis conocidos por su buena reputación y a mis enemigos por su inteligencia.

– Nadie soporta a las personas que tienen sus mismos defectos.

– El valor de una idea no tiene nada que ver con la sinceridad de la persona que la expone. En realidad, es poblable que cuanto más insincera sea la persona, más puramente intelectual sea la idea, ya que en este caso no estará coloreada ni por sus necesidades ni por sus deseos.

– La historia del mundo sólo ha conocido dos eras importantes. La primera es la que ve la aparición de una nueva técnica artística. La segunda, la que asiste a la aparición de una nueva personalidad también para el arte.

– Los poetas no son tan escrupulosos como tú. Saben lo útil que es la pasión cuando piensan en publicar. En nuestros días, un corazón roto da para muchas ediciones.

– Vivimos en una época en la que se trata el arte como una forma de autobiografía. Hemos perdido el sentido abstracto de la belleza.

– El genio dura más que la belleza. Eso explica que nos esforcemos tanto por cultivarnos. En la lucha feroz por la existencia queremos tener algo que dure, y nos llenamos la cabeza de basura y de datos, con la tonta esperanza de conservar nuestro puesto. La persona que lo sabe todo: ése es el ideal moderno.

– Lo peor de toda historia de amor es que después uno se siente muy poco romántico.

– Los que son fieles sólo conocen el lado trivial del amor: es el infiel quien sabe de sus tragedias.

– Nuestras almas y las pasiones de nuestros amigos: ésas son las cosas fascinantes de la vida.

– Las mujeres no aprecian la belleza. Al menos las mujeres honestas.

– Las buenas influencias no existen. Toda influencia es inmoral: inmoral desde el punto de vista científico. Porque influir en una persona es darle la propia alma. Esa persona deja de pensar sus propias ideas y de arder con sus pasiones. Sus virtudes dejan de ser reales. Sus pecados, si es que los pecados existen, son prestados. Se convierte en eco de la música de otro, en un actor que interpreta un papel que no se ha escrito para él. La finalidad de la vida es el propio desarrollo.

– Se nos castiga por nuestras negativas.

– Que el cuerpo peque una vez, y se habrá librado de su pecado, porque la acción es un modo de purificación.

– La única manera de librarse de una tentación es ceder a ella.

– Se ha dicho que los grandes acontecimientos del mundo suceden en el cerebro. Es también en el cerebro, y sólo en el cerebro, donde se cometen todos los grandes pecados.

– Nada, excepto los sentidos, pueden curar el alma, como tampoco nada, salvo el alma, puede curar los sentidos.

– La belleza es una manifestación de genio; está incluso por encima del genio, puesto que no necesita explicación.

– La gente dice a veces que la belleza es sólo superficial. Tal vez. Pero, al menos, no es tan superficial como el pensamiento.

– Tan sólo las personas superficiales no juzgan por las apariencias. El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo que no se ve…

– ¡Siempre! Las mujeres son tan aficionadas a usarla. Echan a perder todas las historias de amor intentando que duren para siempre. Es, además, una palabra sin sentido.

– La única diferencia entre un capricho y una pasión para toda la vida es que el capricho dura un poco más.

– Adoro los placeres sencillos. Son el último refugio de las almas complicadas.

– El hombre es muchas cosas, pero no racional.

– El pecado es el único elemento de color que queda en la vida moderna.

– El amor es simplemente una cuestión de fisiología. No tiene nada que ver con la voluntad. Los jóvenes quieren ser fieles y no lo son; los viejos quieren ser infieles y no pueden: eso es todo lo que cabe decir.

– Los exámenes son pura mentira de principio a fin. Si una persona es un caballero, sabe más que suficiente, y si no lo es, todo lo que sepa es malo para él.

– Las jóvenes americanas son tan inteligentes para esconder a sus padres como las mujeres inglesas para ocultar su pasado.

– Las personas filantrópicas pierden toda noción con la humanidad. Se las reconoce por eso.

– Dicen que, cuando mueren, los americanos buenos van a París. Los malos van a los Estados Unidos.

– No me gusta la fuerza bruta, pero la razón bruta es totalmente insoportable.

– El camino de las paradojas es el camino de la verdad. Para poner a prueba la realidad, hemos de verla en la cuerda floja. Cuando las verdades se hacen acróbatas podemos juzgarlas.

– La humanidad se toma demasiado en serio. Es el pecado original del mundo. Si los cavernícolas hubieran sabido reír, la historia habría sido distinta.

– Para recuperar la juventud, basta con repetir las mismas locuras.

– He olvidado por completo lo que he dicho ¿Tan inmoral era?

– La puntualidad es el ladrón del tiempo.

– Si la música es mala, es nuestro deber ahogarla con nuestra conversación.

– Nunca te cases con una mujer con el pelo de color pajizo. Son muy sentimentales.

– Los hombres se casan porque están cansados. Las mujeres, porque sienten curiosidad. Ambos terminan decepcionados.

– Hay dos clases de mujeres, las corrientes y las que se pintan. Las primeras son muy útiles. Si quieres conseguir una reputación de persona respetable, basta con invitarlas a cenas. Las otras mujeres son sumamente encantadoras. Pero cometen un error. Se pintan con el fin de parecer jóvenes.

– La búsqueda de la belleza es el verdadero secreto de la vida.

– Las personas que aman una vez en la vida son realmente las personas superficiales.

– La fidelidad es a la vida de las emociones lo que la coherencia a la vida del intelecto: simplemente una confesión de fracaso.

– Hay muchas cosas de las que nos desprenderíamos si no tuviéramos miedo de que otros las recogieran.

– Sólo las cosas sagradas merecen ser tocadas.

– La mayoría de la gente se arruina por invertir demasiado en la prosa de la vida. Arruinarse por la poesía es un honor.

– A la gente le encanta regalar más de lo que necesita. Es lo que yo llamo el insondable abismo de la generosidad.

– Los únicos artistas encantadores que conozco son malos artistas. Los buenos sólo existen en lo que hacen y, en consecuencia, carecen por completo de interés como persona.

– El poeta, el verdadero poeta, es la menos poética de todas las criaturas.


***

– Casarse es una cosa que difícilmente se puede hacer de cuando en cuando. Excepto en los Estados Unidos.

– Siempre que un hombre hace algo perfectamente estúpido, lo hace por el más noble de los motivos.

– No se nos pone el mundo para airear nuestros prejuicios morales.

– El verdadero inconveniente del matromonio es que mata el egoismo.

– La razón de que nos guste pensar bien de los demás es que tenemos miedo a lo que pueda sucedernos.

– Una vida sólo se echa a perder cuando se detiene su crecimiento.

– Los hombres con frecuencia olvidan mencionar la palabra "matrimonio", pero las mujeres nos la recuerdan siempre.

– El placer es la única cosa sobre la que merece la pena elaborar una teoría.

– Cuando somos felices, siempre somos buenos, pero cuando somos buenos no siempre somos felices.

– Ser bueno es estar en armonía con uno mismo.

– La verdadera tragedia de los pobres es que no pueden permitirse nada excepto a renunciar a sí mismos.

– Ningún hombre civilizado se arrepiente nunca de un placer, y los no civilizados nunca llegan a saber qué es un placer.

– Las mujeres tratan a los hombres como la humanidad a los dioses. Les rinden culto y están siempre molestándolos para que hagan algo por ellas.

– Las mujeres despiertan en los hombres el deseo de hacer obras maestras, pero luego nos impiden siempre llevarlas a cabo.

– El cigarrillo es el perfecto ejemplo de placer perfecto. Es exquisito y deja insatisfecho.

– Me encanta el teatro. Es más real que la vida.

– El amor y el arte son dos formas de imitación.

– Sólo hay dos clases de personas realmente fascinantes: las que lo saben absolutamente todo y las que no saben absolutamente nada.

– El secreto de conservar la juventud es no permitirse nunca emoción impropia.

– La única manera de que una mujer reforme a un hombre es aburriéndolo tan completamente que pierda todo interés por la vida.

– Se puede ser amable con las personas que no nos importa nada.

– Las buenas resoluciones son intentos inútiles de modificar leyes científicas.

– Las tragedias reales de la vida ocurren de una manera tan poco artística que nos hieren por lo crudo de su violencia, por su absoluta incoherencia, su absurda ausencia de significado, su completa falta de estilo.

– El único encanto del pasado es que es el pasado.

– La conciencia nos vuelve egoistas a todos.

– El consuelo más importante de una mujer es apoderarse del admirador de otra cuando se ha perdido el propio.

– Vivimos en una época que lee demasiado para ser sabia y piensa demasiado para ser hermosa.

– El arte esconde al artista más de lo que revela.

– Me encantan los escándalos acerca de otras personas, pero las habladurías que me conciernen no me interesan. Carecen del encanto de la novedad.

– El pecado es algo que los hombres llevan escritos en la cara.

– Los maridos de mujeres muy hermosas pertenecen a la clase delictiva.

– Es perfectamente intolerable la manera en que la gente va por ahí diciendo, a espaldas de uno, cosas que con absolutamente y completamente ciertas.

– Cuando una mujer vuelve a casarse es porque detestaba a su primer marido. Cuando un hombre vuelve a casarse es porque adoraba a su primera mujer. Las mujeres prueban suerte. Los hombres arriesgan la suya.

– Las mujeres nos aman por nuestros defectos. Si tenemos los suficientes nos lo perdonan todo, incluida la inteligencia.

– Una hombre puede ser feliz con una mujer que que no la quiera.

– Me gustan los hombres con futuro y las mujeres con pasado.

– La moderación es una virtud muy perniciosa.

– Los pies de barro dan todo su valor a la imagen de oro.

– Nunca me quejo de las acciones, sólo de las palabras.

– Cada efecto que uno produce, crea un enemigo. Para conseguir la popularidad hay que ser mediocre.

– Las mujeres aman por los oídos. Los hombres por los ojos, si es que aman alguna vez.

– Cada vez que se ama, es la única vez que se ama.

– La felicidad no ha sido nunca mi objetivo. ¿Quién quiere felicidad? Siempre he buscado el placer.

– El arte romántico empieza en el momento culminante.

– Los sufrimientos y los amores superficiales viven largamente. A los grandes amores y sufrimientos los destruye su propia plenitud.

– El destino no nos envían heraldos. Es demasiado prudente o demasiado cruel para eso.

– Una mujer puede coquetear con cualquiera con tal de que haya otras personas mirando.

– Es la incertidumbre la que nos atrae.

– La civilización no es algo que se consiga fácilmente. Sólo hay dos maneras. O se es culto o se está corrompido.

– La muerte es la única cosa que de verdad me aterra. En la actualidad se puede sobrevivir a todo, pero no a eso.

– Si una persona trata la vida artísticamente, su cerebro es su alma.

– Las cosas de las que uno está completamente seguro nunca son verdad.

– La vida no se gobierna ni con la voluntad ni con la intención. La vida es una cuestión de nervios, de fibra, y de células lentamente elaboradas en las que el pensamiento y la pasión tiene sus sueños.

– El arte no tiene incluencia sobre la acción. Aniquila el deseo de actuar.

– Los libros que el mundo llama inmorales son libros que muestran al mundo su propia vergüenza.

Feliz día del libro

Hola; les deseo feliz día del libro.

Un saludo. Pablo.

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